viernes, 7 de octubre de 2011

I

Antonio era un revolucionario nato, o al menos lo pareció el día que llegó desnudo y cubierto de chocolate a la cama de sus papás, encañados después del magno carrete de la noche anterior. ¿Y de dónde sacó chocolate? se preguntó la joven pareja, desnuda de la cintura para abajo, como siempre después de una noche de juerga y su correspondiente, aunque nebulosa, cacha. Acercaron sus manos al cuerpo de Antonio, que estaba pilucho y, sorpresa, el niño estaba cubierto de su propia mierda, pues se había sacado el pañal y esparcido todo el contenido nocturno sobre su pequeño cuerpo (nadie me ha explicado nunca como seres tan chicos de porte puedan cagar tanto, aunque ha de haber una razón sumamente razonable para ello). Aquel día se ducharía por primera vez, un hito en su crecimiento y una divertida historia para contar en un almuerzo futuro con invitados. ¿Dónde está lo revolucionario de Antonio? No va más allá de ser igual a cualquier guagua con pañal, previa al disciplinamiento de los cuerpos. Una sociedad realmente revolucionaria estaría llena de mierda, puesto que el control de esfínteres es uno de los primeros, si no el primer, disciplinamiento. Literalmente, sería una sociedad revolucionaria a cagar. Por lo mismo cuando las cosas del mundo están prohibidas a causa de su peligro o de la insaciable curiosidad destructora de los niños se nos dice: no toque, caca. Desde ese día, el ano de Antonio se convirtió en un fragmento escindido de su cuerpo, oculto, vergonzoso, peligroso. Del mismo modo su libertad de acción y valerosa independencia se vieron coartadas el día que su lógica traicionó a la de sus padres, no mucho tiempo después de la primera ducha. Esa mañana, cañera al igual que la anterior, mamá y papá solicitaron a Antonio traer unas velas de la cocina, acto que recompensarían regalándole un paquete de chubis, primer gran vicio del niño (¡cuántos vendrían más adelante!). En su inteligencia tan precoz, Antonio tomó las velas y salió de casa camino al negocio del barrio, para cambiarlas por los chocolates prometidos, cruzando una carretera que, afortunadamente, a esa temprana hora de domingo no implicaba un peligro demasiado grande. Los padres extrañados por la demora fueron a la cocina a ver qué pasaba y encontraron la puerta abierta, ahí comenzó el pánico. Sin pensarlo dos veces salieron soplados a buscarlo en la calle, y fue tanta la desesperación que la mamá entró en calzones y polera a la iglesia gritando su nombre. Como era hora de misa todos se levantaron y decidieron hacer grupos de búsqueda, ¿ya fueron a ver si está en el canal? gritó una vieja, aportando al ataque de nervios de la madre de Antonio. Pasó hora y media de búsqueda hasta que una señora llegó con el niño, que en su mano derecha sostenía la gorda mano de la mujer y en la izquierda un paquete de chubis. Los papás experimentaron esa extraña pero común sensación humana de alivio y profunda rabia, felices y enojados por encontrar a Antonio, y sin pensarlo dos veces lo castigaron por vez primera. Luego, frente a la pared, sentado en su silla de niñito, reflexionaría sobre lo que hizo el resto de la tarde, o al menos eso pareció a sus padres, tan poco preparados en el fino arte de educar a sus hijos, igual que casi todo el mundo. Lo que Antonio intentaba explicarse era porqué lo castigaban así por nada, si había sido un día bastante entretenido caminando por lugares que conocía y quedándose un buen rato comiendo chubi en el negocio, donde lo trataron tan bien. La madre y el padre le gritaron y encararon todo el miedo que sintieron, generando, a su vez, nuevos y desconocidos miedos en Antonio.

Estos fueron algunos de los primeros pasos en la educación de Antonio, un constreñimiento que se profundizaría día a día.

2 comentarios:

Nomade dijo...

Así nos criamos, nos criamos con todos los miedos que nos criaron y mas, y luego menos, pero así se superan para luego darse cuenta que no había nada que superar o temer, y luego no sé que pasa.

cesar andre dijo...

mas re trágico!