lunes, 28 de diciembre de 2015

hoy, en tragedias de la vida pública: los urinales

Los urinales me provocan un terror mítico. Buscando fotos para acompañar este texto (que ni siquiera está escrito mientras explico esto) descubrí que me refiero a los urinales y no a los orinales, pues estos últimos hacen referencia a los artefactos que en nuestro país conocemos como "pelelas", "bacinicas" o las hospitalarias "chatas".


En múltiples variedades y formas, como usted, como yo.


El orinal es individual, singular, personalizado, amable. En cambio el malévolo urinal es público, múltiple, plural, lo que trae diversos problemas, tales como la proliferación de las más aborrecibles infecciones, gérmenes maliciosos y bacterias insidiosas, por no mencionar los aromas más infectos y emponzoñados que toque oler en un día normal. Así es, cuando menos se la espera, el ansia por miccionar nos domina y debemos utilizar un baño corrompido por usuarios previos, sumido en una impureza de la cual no nos podrá salvar ni el más aguerrido pato purific.

Muy gallarda postura pero te espera una triste y progresiva desintegración.
Ahora, lectores y lectoras, imaginen vuestro externo genital (lectoras, les pido algo más de imaginación aquí) ingresando en una caverna desconocida, sarrosa, desteñida y desvencijada, con la finalidad de expulsar vuestra orina, una transacción que podría ser tan simple e higiénica, pero se ve entorpecida por un diseño ignominioso, una arquitectura infame que sumerge al pene en un abismo, en un vórtice de suciedad, sucumbiendo a la inmundicia, a una polución colectiva de la cual todos somos cómplices.

Permiso, voy al bañ... oh no, ¡the horror!
Y por si todo esto no fuera poco, luego de darlo todo, de aguantar el asco más absoluto, viene el cuestionamiento moral de tirar o no la cadena. Dependiendo del tipo de sistema, algunos privilegiados flexibles larguiruchos como yo podemos tirarla con nuestro pie, flexionando nuestra pierna a alturas y posiciones ridículas. Pero a veces ello no es suficiente y luego de despedirnos de nuestros desperdicios nos lavamos las manos con brío, friccionando enérgicamente e, incluso, evitando el secador automático, otra cuna de malevolencia bacterial, solo para encontrarnos frente a frente ante una manilla que nos cierra el paso, un pomo que ha sido manoseado por dedos y palmas que, al contrario de maniáticos como uno, no se han lavado las manos. Y el drama continúa, pues en la mayoría de los casos el diseño de las manillas imposibilita el uso de nuestros pies para llevar a cabo la maniobra de apertura. Desesperado busco un trozo de papel higiénico que me auxilie a modo de guante, pero la búsqueda es infructuosa, por lo general éste ha sido robado o, simplemente, nunca existió. Luego de minutos de inquietud, el ingreso de otro usuario otorga la oportunidad de salir sin tocar manillas ni puertas, alcanzando así la ansiada libertad, aunque el miedo a la enfermedad persiste hasta llegar a casa y darse un baño benefactor.

Con amigos que lo entienden a uno, que no lo juzgan.

3 comentarios:

Pájaro Verde dijo...

jajajajajja... qué bien, qué bien!

fabian cocq dijo...

está divertido. fido dido.

yerko dijo...

Aguante Duchamp!