Era el mismo asiento forrado de cuero, desplegable, de todos los días, pero no era un día cualquiera, el asombro y las risas asomaron, tímidamente al principio, cruelmente después, y el piso estaba lleno de rastros de comida, pegajoso y resbaloso. Antonio no recuerda la primera vez que fue de ese modo al colegio, pero sí lo que ello implicó. Una suerte de independencia dependiente, si es que ello es posible, de la que se jactan los afortunados. En realidad la fortuna dependía de la distancia en que estuviera la casa propia, porque si era muy lejos se podían pasar horas sobre la máquina amarilla, tarde y mañana, escuchando programas de radio cuyas cuñas los niños ya eran capaces de reproducir de memoria a fuerza de la obligada audición diaria. Algunos pasan gran parte de su vida escolar transportándose de este modo a causa de padres aprehensivos que terminan convirtiendo a sus hijos en pasivos pasajeros de la movilidad urbana. Antonio tuvo varios compañeros así, como la Ignacia, que vivía a escasas dos cuadras del colegio, pero que aún así se iba en liebre ya en quinto básico, a pesar de que sólo debía cruzar una calle, pero su padre, un hombre canoso, barbón, de lentes redondos, era un monstruo autoritario y cobarde, como gran parte de los católicos recalcitrantes picados a ingleses que pululaban por la entrada de ese colegio, cuando había kermesses, reuniones de apoderados o era la hora de salida. Pobre gente, piensa ahora Antonio, perdedores, pensaba entonces, pues él se iba solo, a pie, desde tercero, aunque a veces su padre lo acompañaba en las mañanas para aprovechar de pasear al perro, un labrador negro que habría dado su vida por ellos. Antonio disfrutaba de esas caminatas al amanecer, rodeado de una espesa niebla que blanqueaba el camino, escarchando los autos y el pasto, y en más de una ocasión hallaron tesoros tales como un reloj fluorescente que lució en su muñeca un par de años, o una figura articulada de la máscara. La cuestión es que hasta segundo básico Antonio se fue en liebre al colegio, y como cualquier usuario de ese medio de transporte escolar que se precie de serlo (o que sea del modo que se debe ser a causa de la búsqueda de aceptación cuasi tribal del asunto) tiró escupos por la ventana, gritó garabatos a los distraídos o cavilosos peatones, puso caras de burla a los conductores de otros vehículos y levantó groseramente el dedo medio a cuanto incauto lo observó desde la vereda. Horas de diversión diaria en función de la burla hacia los caminantes del estático mundo exterior, aunque ello no significaba que los de adentro constituyesen una unidad armónica, ni mucho menos cerrada. Se iban y llegaban usuarios-compañeros y así como había niños pelusa y niñas princesa, ajustados a las pautas de crianza más esteroetipadas y planas (con más de alguna excepción), también aparecían rarezas como el Felipe, que siempre, siempre, andaba con olor a peo. De todas formas era un niño divertido, una vez, mientras esperaban que las liebres se instalaran en la cancha que a la hora de salida utilizaban como estacionamiento, se les ocurrió dejar una manzana detrás de la rueda de una de ellas. Cuando la liebre retrocedió al son de "atención, atención, este coche está retrocediendo" la manzana reventó lanzando trozos verdes y blancos a más de tres metros de distancia, provocando risas cómplices de la tribu liebrera que, a todo ésto, no contaba con compañeros de curso entre sus miembros. Pero ese otro día, uno de los últimos que Antonio recuerda con claridad, hubo una fisura en la tribu, a la vez que un aprendizaje sobre al selva que es el mundo de los niños. Lo habían pasado a buscar como todos los días, después de almuerzo pues las clases eran en la tarde (aún no existía la jornada completa). El recorrido fue normal, las mismas paradas, los mismos niños y niñas, los mismos asientos forrados de cuero, los mismos juegos, parir la chancha, los pollos, el grifo, etcétera, pero ya llegando al colegio Antonio escuchó, sin aviso previo, sin anestesia alguna, en el asiento inmediatamente posterior al suyo, la devolución de Francisca, es decir, sus arcadas, luego, su vómito, y el asombro calló a todos, que observaron y olieron la nueva situación, respetuosamente al principio, burlonamente después, cruelmente, y Antonio nunca olvidará como, mientras se levantaba para salir de la liebre y las risas sonaban lejanas, mientras pisaba los restos de comida, pegajosos y resbalosos al mismo tiempo, Francisca lo miró pálidamente, desde una congoja infinita.
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domingo, 13 de noviembre de 2011
viernes, 7 de octubre de 2011
I
Antonio era un revolucionario nato, o al menos lo pareció el día que llegó desnudo y cubierto de chocolate a la cama de sus papás, encañados después del magno carrete de la noche anterior. ¿Y de dónde sacó chocolate? se preguntó la joven pareja, desnuda de la cintura para abajo, como siempre después de una noche de juerga y su correspondiente, aunque nebulosa, cacha. Acercaron sus manos al cuerpo de Antonio, que estaba pilucho y, sorpresa, el niño estaba cubierto de su propia mierda, pues se había sacado el pañal y esparcido todo el contenido nocturno sobre su pequeño cuerpo (nadie me ha explicado nunca como seres tan chicos de porte puedan cagar tanto, aunque ha de haber una razón sumamente razonable para ello). Aquel día se ducharía por primera vez, un hito en su crecimiento y una divertida historia para contar en un almuerzo futuro con invitados. ¿Dónde está lo revolucionario de Antonio? No va más allá de ser igual a cualquier guagua con pañal, previa al disciplinamiento de los cuerpos. Una sociedad realmente revolucionaria estaría llena de mierda, puesto que el control de esfínteres es uno de los primeros, si no el primer, disciplinamiento. Literalmente, sería una sociedad revolucionaria a cagar. Por lo mismo cuando las cosas del mundo están prohibidas a causa de su peligro o de la insaciable curiosidad destructora de los niños se nos dice: no toque, caca. Desde ese día, el ano de Antonio se convirtió en un fragmento escindido de su cuerpo, oculto, vergonzoso, peligroso. Del mismo modo su libertad de acción y valerosa independencia se vieron coartadas el día que su lógica traicionó a la de sus padres, no mucho tiempo después de la primera ducha. Esa mañana, cañera al igual que la anterior, mamá y papá solicitaron a Antonio traer unas velas de la cocina, acto que recompensarían regalándole un paquete de chubis, primer gran vicio del niño (¡cuántos vendrían más adelante!). En su inteligencia tan precoz, Antonio tomó las velas y salió de casa camino al negocio del barrio, para cambiarlas por los chocolates prometidos, cruzando una carretera que, afortunadamente, a esa temprana hora de domingo no implicaba un peligro demasiado grande. Los padres extrañados por la demora fueron a la cocina a ver qué pasaba y encontraron la puerta abierta, ahí comenzó el pánico. Sin pensarlo dos veces salieron soplados a buscarlo en la calle, y fue tanta la desesperación que la mamá entró en calzones y polera a la iglesia gritando su nombre. Como era hora de misa todos se levantaron y decidieron hacer grupos de búsqueda, ¿ya fueron a ver si está en el canal? gritó una vieja, aportando al ataque de nervios de la madre de Antonio. Pasó hora y media de búsqueda hasta que una señora llegó con el niño, que en su mano derecha sostenía la gorda mano de la mujer y en la izquierda un paquete de chubis. Los papás experimentaron esa extraña pero común sensación humana de alivio y profunda rabia, felices y enojados por encontrar a Antonio, y sin pensarlo dos veces lo castigaron por vez primera. Luego, frente a la pared, sentado en su silla de niñito, reflexionaría sobre lo que hizo el resto de la tarde, o al menos eso pareció a sus padres, tan poco preparados en el fino arte de educar a sus hijos, igual que casi todo el mundo. Lo que Antonio intentaba explicarse era porqué lo castigaban así por nada, si había sido un día bastante entretenido caminando por lugares que conocía y quedándose un buen rato comiendo chubi en el negocio, donde lo trataron tan bien. La madre y el padre le gritaron y encararon todo el miedo que sintieron, generando, a su vez, nuevos y desconocidos miedos en Antonio.
Estos fueron algunos de los primeros pasos en la educación de Antonio, un constreñimiento que se profundizaría día a día.
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